La bella durmiente.

Había una vez un rey y una reina que anhelaban un hijo. Año tras año esperaron y por fin tuvieron una hija a la que llamaron Aurora. Llenos de regocijo, los reales padres pidieron a siete hadas que fueran las madrinas de la pequeña princesa. Ellos sabía que si cada hada le daba un regalo a la niña, como era costumbre, al crecer sería la princesa más perfecta de todo el mundo.

 

A la fiesta del bautizo, a cada hada madrina se le dio un plato, cuchillo y tenedor de oro macizo. Pero en cuanto los invitados se sentaron, una octava hada fea y arrugada por la edad, entró en el salón. Nadie la había visto durante cincuenta años y por eso no había sido invitada.

El rey no le pudo dar un plato, un cuchillo y un tenedor de oro porque solo le habían hecho siete, y el hada vieja protestó, creyéndose insultada. Para prevenir cualquier maldad del hada vieja, el hada más joven guardó su regalo para el final y se escondió.

 

Estampillas Dentado 14
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Nº Yvert 315

El festejo empezó y las hadas presentaron sus regalos a la princesa. La primera le dio el don de la belleza; la siguiente, sabiduría. Las otras hadas declararon que sería elegante, una bailarina soberbia, una cantante maravillosa y un músico diestro. Entonces el hada vieja gruñó: "¡La princesa se pinchará el dedo con un huso y morirá!".

Entonces el hada más joven se adelantó y dijo: "¡La princesa no morirá! Cuando se pinche el dedo caerá en un profundo sueño. Dormirá cien años, entonces un príncipe vendrá a despertarla". Esto no fue suficiente para el rey. Ordenó que cada huso fuese quemado, y la princesa creció a salvo de peligro.

Alemania Berlin 1964

Nº Yvert 214

Un verano, el rey y la reina la llevaron a un castillo en el campo. En lo alto de una torre encontró una pequeña habitación.

Había una anciana sentada, hilando hilo, usaba un huso y una rueca. La anciana desconocía las órdenes del rey. Ansiosa por probar, la princesa alargó la mano. Pero cuando cogió el huso, se pinchó el dedo y cayó desmayada...

Sus ojos estaban cerrados, pero sus mejillas eran rosadas y respiraba suavemente. En vano intentaron despertarla. Finalmente el rey ordenó a sus sirvientes que la llevaran a la sala más bella del castillo.

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Allí, en una cama bordada con oro y plata, la princesa yacía como un ángel dormido.

Cuando el hada joven supo lo que había pasado, se dirigió al castillo. "Está bien que la princesa duerma tranquila-dijo-, pero me preocupa que, cuando despierte, se encuentre entre extraños."

El hada tomó su varita y tocó a cada ser vivo del castillo, a excepción del rey y la reina: todos los criados y soldados, los caballos y los perros guardianes, incluso el perro de la princesa, Mopsie, que descansaba junto a ella sobre el lecho. Todos ellos quedaron dormidos también.

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El rey y la reina dieron con tristeza un beso de despedida a su hija y dejaron el castillo, prohibiendo que nadie se acercara. Para proteger a la princesa, el hada rodeó el castillo con un bosque de zarzales y espinas tan gruesas que nadie podía atravesarlo, y tan alto que sólo las puntas de los miradores podían verse entre la maleza.

Pasaron cien años. El rey y la reina murieron, y otra familia real vino a gobernar el reino. Un día, el hijo del rey salió en busca de aventuras, cuando vislumbró las torres de un castillo que asomaban sobre un lúgubre bosque.

Preguntó a los que pasaban por allí, y le aseguraron que las torres eran desde luego las de un castillo. Pero unos decían que estaba lleno de fantasmas, otros que habitaban las brujas, y otros que vivía un sucio ogro que comía niños. Entonces un viejo granjero le dijo: "Cuando era niño, decían que una hermosa princesa dormía en ese castillo, esperando que un príncipe la despertara".

Con el corazón palpitando de emoción, el príncipe partió de inmediato para el castillo. Cuando alcanzó el bosque que lo rodeaba, los matorrales de zarzas y espinas se separaban misteriosamente para dejarlo pasar. Después, se cerraban de nuevo tras él.

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Alcanzó el patio y se maravilló al ver que todas las personas y animales yacían, como muertos, en todas partes. Se dirigió a la sala de guardia y vio a los centinelas alineados de pie, las picas a hombros, roncando. Fue entrando en cada sala hasta que por fin encontró el aposento donde la princesa dormía. Asombrado por su belleza, que parecía rodearla de resplandor, cayó de rodillas y la despertó con un beso.

 

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"¿Eres tú, mi príncipe?"-sonrió-.He esperado tanto tiempo..." Y él la tomó en sus brazos.

Mientras tanto, todos en el castillo, hombres, mujeres y animales, se despertaban. El asado crepitaba de nuevo en el asador, y hasta las moscas zumbaban otra vez.

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El príncipe y la princesa cenaron en la sala de los espejos, al son de la música tocada con instrumentos que, aunque silenciosos durante cien años, todavía sonaban dulces y verdaderos. Y el sacerdote los casó esa misma noche.

 

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